RECICLAR TAMBIÉN ES CUIDAR. Las recicladoras urbanas de la Cooperativa Amanecer de los Cartoneros

A partir de un taller realizado en el “Centro Verde” de Saavedra, una planta recicladora que cogestiona el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y la Cooperativa Amanecer de los Cartoneros, Asociación Lola Mora visitó el predio para conversar con sus trabajadoras. Allí, son principalmente mujeres quienes sostienen las tareas de reciclado y de cuidado, combinando su experiencia laboral con responsabilidades familiares y comunitarias. El propósito del encuentro fue visibilizar los cuidados socioambientales en un contexto de crisis climática y dar a conocer las dificultades que atraviesan en la actualidad.
La Cooperativa fue creada en el 2007 por el Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) con el objetivo de mejorar las condiciones de trabajo de quienes quedaban fuera del mercado laboral formal. Ese paso resultó fundamental para que la tarea del reciclado realizada por lxs cartonerxs fuera reconocida como un trabajo con derechos, equiparable al de cualquier otro sector. Actualmente, la cooperativa reúne a más de 4.500 personas que desarrollan su actividad en la Ciudad de Buenos Aires y el Conurbano Bonaerense. El nombre de la organización evoca un rasgo histórico de la labor cartonera: el amanecer, ese momento del día en el que, tras largas horas de recolección nocturna, podían vender lo juntado para garantizar el sustento cotidiano de sus familias.
La planta de reciclado, además, sostiene espacios de acompañamiento y organización comunitaria que trascienden la clasificación de materiales. Allí funciona también un comedor, donde lxs trabajadorxs desayunan, almuerzan y cenan a diario, lo que garantiza que puedan continuar con sus tareas en condiciones adecuadas en cada uno de los tres turnos. Las trabajadoras abordan de manera integral problemáticas que atraviesan sus vidas y las de sus compañerxs, tales como situaciones de violencia de género, consumos problemáticos, procesos de alfabetización o la necesidad de espacios de formación. Desde talleres temáticos hasta redes de apoyo frente a emergencias cotidianas, las recicladoras se constituyen como trabajadoras comunitarias que sostienen la cadena del reciclado, pero también la vida.

En este entramado, el rol de las promotoras ambientales es central. Son todas mujeres que a menudo recorren barrios, escuelas y jardines de CABA para concientizar sobre la separación de residuos y la importancia de esta tarea. Su trabajo se basa en la cercanía, en el vínculo con lxs vecinxs y, tal como señalan ellas mismas, no hay promotores ambientales varones. La responsabilidad de transmitir la urgencia de cuidar el ambiente recae, una vez más, sobre ellas.
Esta feminización del cuidado ambiental no es casual. Los temas de justicia ambiental interpelan especialmente a las mujeres porque son ellas quienes suelen cargar con los efectos más directos de la crisis ecológica (falta de agua potable, inseguridad alimentaria, aumento de enfermedades respiratorias en sus hijxs o mayores costos de energía para sostener los hogares, entre otros). En los barrios populares, las mujeres están en la primera línea de estas problemáticas y, al mismo tiempo, son las que despliegan respuestas colectivas. De allí que su voz tenga una fuerza particular para sensibilizar sobre la cuestión ambiental y que su trabajo adquiera un valor estratégico en la construcción de sociedades más justas y sustentables.
Jesica Espíndola, de 37 años, vive en Ingeniero Maschwitz, en el partido de Escobar, y proviene de una familia cartonera “de toda la vida”. Actualmente es una de las referentas de la planta y su historia personal (igual que la de muchos otrxs) se encuentra profundamente ligada a la crisis social y económica de 2001, cuando -como ella recuerda- “no había trabajo para nadie, ni para el albañil, ni la empleada doméstica, ni nada”. En ese contexto, su familia se vio obligada a trasladarse a la Capital para pedir algo para comer y, al mismo tiempo, organizarse para juntar cartón y venderlo. A pesar de que Jesica trabaja en la planta recicladora de Saavedra desde 2019, participa de la Cooperativa desde mucho antes, hace más de diez años. Recuerda que, en los primeros tiempos de organización para lograr el reconocimiento formal del trabajo cartonero, aparecieron también las dificultades vinculadas con los cuidados:
“Yo siempre venía con mi papá a Capital, pero él prefería que yo pudiera terminar de estudiar. Como veía que la economía no alcanzaba, decidí ayudarlos: acompañaba a mi mamá en su trabajo de empleada doméstica o vendía pastelitos en la calle. Mi papá no me dejaba venir a cartonear porque sabía que no era un lugar para que los chicos trabajaran. Pero muchos compañeros no tenían con quién dejarlos en la casa, entonces los traían a trabajar con ellos”.
El surgimiento del MTE fue una respuesta directa a la persecución policial y a las prácticas de coimas que se multiplicaban para evitar el secuestro de los carros en la década del 2000. La violencia era cotidiana y, en muchos casos, la policía llegaba incluso a prender fuego los cartones recolectados durante la jornada. En aquellos primeros años, los materiales se vendían a galponeros de la zona y la clasificación se realizaba durante la noche, mientras se compartían ollas populares para garantizar la comida de todxs. Las manifestaciones en la calle se convirtieron en una herramienta clave para visibilizar que la recolección de cartón era un servicio fundamental para la comunidad, un trabajo digno que merecía reconocimiento.
El complejo de Saavedra recoge los residuos sólidos, los clasifica, y los compacta. Funciona a partir de la gestión conjunta entre operarios de la Cooperativa y del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (GCBA), quienes venden el material reciclado directamente a las industrias del papel y del plástico. Lxs trabajadorxs que hoy se desempeñan allí son, en muchos casos, quienes años atrás juntaban cartones en la calle, un saber transmitido de generación en generación que hoy les permite acceder a un empleo formal y, en varios casos, continuar con sus estudios. En palabras de Jesica: “Mejor que nosotrxs para trabajar en los centros verdes no hay. Sabemos qué material va, cuál no va, cómo clasificarlo, cuál tiene más valor. Un gobierno no podría haber hecho un centro verde si no tenía trabajando compañeros adentro que sepan el valor de cada material y qué clasificar”.
Sin embargo, el sistema de reciclado atraviesa hoy una situación crítica. En febrero de 2024 un incendio destruyó otra de las plantas recicladoras de la cooperativa en Barracas. A partir de ese suceso, la planta de Saavedra absorbió parte de su personal, lo que recargó la capacidad operativa y redujo los incentivos individuales. Frente a este escenario, la cooperativa reclama la reconstrucción del Centro Verde de Barracas como condición indispensable para garantizar mejores condiciones laborales.
Esta situación se suma al reciente vaciamiento económico del sistema por parte del GCBA que denuncian desde la cooperativa. Una de las medidas fue la eliminación de los colectivos que trasladaban a lxs trabajadorxs desde distintos puntos de la provincia hacia las plantas de la capital. Esa política de transporte representa una inversión en infraestructura de cuidados, dado que aseguraba que el personal pudiera llegar a su lugar de trabajo de manera segura y gratuita. Su existencia impacta de lleno en los salarios y en la asistencia de quienes hoy no pueden afrontar los gastos de traslado (un 30% de sus ingresos son destinados a los traslados). La medida fue judicializada y actualmente el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires restituyó el sistema de traslado, aunque anunció que apelará la medida.
La situación se complejiza con otras decisiones recientes del GCBA, como la incorporación de nuevos contenedores de basura “antivandálicos” (recipientes cerrados y reforzados que impiden que lxs cartonerxs puedan acceder a los materiales reciclables). Mientras se destinan recursos a este tipo de medidas que en la práctica estigmatizan, dificultan su tarea y refuerzan la lógica del descarte, se desfinancia un sistema comunitario de recolección y reciclado de residuos que demostró ser eficiente, sustentable y socialmente inclusivo.
En este contexto, la dimensión de los cuidados ocupa un lugar central. El trabajo de las recicladoras no es un parche frente a la crisis, constituye un engranaje fundamental del cuidado. Se trata de un cuidado múltiple. En primer lugar, de ellas mismas, al generar condiciones de trabajo formal, de alimentación y de contención frente a violencias y otras problemáticas sociales. En segundo lugar, del barrio y de la comunidad, al sostener redes de apoyo, acompañar a compañerxs en situaciones difíciles y promover prácticas colectivas de organización. Y, finalmente, del ambiente, ya que gracias a su labor cotidiana 800 toneladas de basura por mes se reincorporan al circuito productivo y se reduce el impacto ambiental de un modelo urbano basado en el consumo y el descarte. Como expresa Jesica: “Imaginate las toneladas que nosotros manejamos acá… si todo eso terminara en entierro, ¿cuánto tiempo más nos quedaría de capa de ozono, de planeta, de no tener los arroyos y las zanjas tapadas? Lo que hacemos es un muy buen trabajo, ambiental y social”. Ese “buen trabajo” conforma una trama de cuidados que, aunque históricamente invisibilizada, constituye hoy un sostén esencial para la ciudad y para el planeta.
La experiencia de la planta muestra que cuando el Estado acompaña las iniciativas que surgen desde abajo, desde los sectores populares, es posible construir respuestas sólidas y efectivas a problemáticas complejas. Cuando ese respaldo se retira, se resquebrajan no sólo las condiciones de vida de lxs trabajadorxs, sino también la trama que sostiene a la sociedad en su conjunto.
